Ya no existe un único centro de gravedad

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Giuseppe Spatola

Italia

Presidente del Grupo de Reporteros de Lombardía – Italia.

Si el 54 % de las personas se informa a través de redes sociales y plataformas de video, la cuestión ya no es solo cómo está cambiando el periodismo, sino quién decide qué considera verdadero una sociedad. Las noticias no se buscan simplemente; son seleccionadas, clasificadas y presentadas por algoritmos que a menudo premian aquello que genera atención, clics y reacciones emocionales.

En este cambio, la información corre el riesgo de mercantilizarse cada vez más. El valor del contenido puede terminar definiéndose por su alcance, mientras que la verificación, el contexto y el análisis profundo pasan a un segundo plano. La inteligencia artificial acelera este proceso, produciendo y distribuyendo contenido a velocidades sin precedentes y dificultando la distinción entre hechos y manipulación.

La pregunta, entonces, es política: ¿quién construye nuestra percepción de la realidad? Ya no existe un único centro de gravedad. Hay periodistas, editores, gobiernos, plataformas, «influencers» y algoritmos. Sin embargo, precisamente porque parte de este proceso es invisible, existe el riesgo de que unas pocas grandes plataformas privadas terminen ejerciendo una enorme influencia en la formación de la opinión pública. En América Latina, este desafío cobra especial relevancia.

Las redes sociales pueden ampliar la participación y dar voz a nuevos actores, pero también pueden alimentar la polarización y la desinformación. Cuestionar la construcción del sentido no significa rechazar la tecnología; significa evitar que esta se convierta en el único árbitro de la realidad. La respuesta reside en la pluralidad de fuentes, la alfabetización mediática y la capacidad de desarrollar una conciencia crítica. Sobre todo, depende del periodismo, que conserva una función que ningún algoritmo puede reemplazar: verificar hechos, aportar contexto, desafiar al poder y asumir la responsabilidad de lo que se informa.

La pregunta decisiva, por tanto, debería estar presente en la mente de todo ciudadano al enfrentarse a una pantalla: ¿quién me presenta esta realidad, utilizando qué herramientas y en interés de quién? Porque una democracia no necesita simplemente más información, sino ciudadanos capaces de verificarla y debatirla, y de cuestionar a quienes pretenden definirla como la verdad.

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