El gran silencio mediático y la ilusión de la verdad

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Salvador Ortíz Romaní

Bolivia

Responsable de FELAP – Capítulo Bolivia.

¿De dónde sacamos las noticias que consumimos todos los días? Según distintas mediciones globales, el 54 % de las personas se informan hoy a través de las redes sociales y plataformas de video, por lo que ya no esperamos el noticiero de la noche ni compramos el periódico de papel en el canillita de la esquina; la información nos bombardea directamente en la pantalla del celular.

No obstante, detrás de esta aparente libertad y abundancia de contenidos, se esconde un manipulador mecanismo de control gigantesco. Un ejemplo evidente es el atronador silencio de la prensa tradicional, tanto en Bolivia como en el resto de América Latina, ante la descarada manipulación de la información destapada en el llamado «caso Cerimedo».

Para entender este apagón mediático, primero debemos comprender cómo funciona el ecosistema comunicacional actual. Actualmente, la información ha dejado de ser un bien público y un derecho ciudadano para convertirse en una simple mercancía en venta al mejor postor. Los grandes consorcios mediáticos no informan para educar, sino que responden a grupos de poder económico y político con agendas económicas y políticas sumamente claras.

A esto se suma un factor aún más determinante, pues ya no son únicamente los editores de traje y corbata quienes deciden qué leemos. Son los algoritmos y los sistemas de inteligencia artificial los que producen, jerarquizan y distribuyen lo que vemos. Estas fórmulas digitales deciden qué nos indigna, qué nos alegra y, lo más peligroso, qué debemos ignorar.

El caso del siniestro asesor del presidente Rodrigo Paz, Fernando Cerimedo ilustra a la perfección esta maquinaria mafiosa. A pesar de las crecientes evidencias acerca del uso de granjas de troles, la desinformación masiva y la alteración artificial de la opinión pública para influir en los procesos políticos neoliberales de nuestra región, los medios hegemónicos bolivianos y latinoamericanos han optado por el encubrimiento. Ocultan esta realidad porque denunciarla implicaría desarmar la piedra angular de su propio modelo de negocios, sino, un sistema donde la mentira repetida, empaquetada y viralizada genera clics, rentabilidad y, sobre todo, control político.

Esta complicidad nos obliga a plantearnos una pregunta urgente en un mundo dominado por intereses corporativos y algoritmos invisibles ¿quién construye hoy aquello que una sociedad reconoce como verdadero? Si la «verdad» es simplemente la publicación que logra obtener mayor alcance artificial, estamos cediendo nuestra capacidad de razonamiento y nuestro espíritu crítico. Nos están fabricando la realidad a la medida de quienes pagan por ella.

Ante este escenario adverso, ¿qué posibilidades existen, particularmente en América Latina, de disputar esa construcción de sentido y promover una conciencia crítica? La respuesta radica en la organización popular y la educación. La adversa y crítica crisis socio-política nos obliga a impulsar la alfabetización digital en nuestros barrios, aulas universitarias y espacios sindicales para aprender a leer entre líneas.

En consecuencia, es vital sostener y multiplicar los medios de comunicación alternativos e independientes que no respondan a los mandatos del depredador mercado neoliberal. Solamente al romper nuestro papel de consumidores pasivos y asumirnos como sujetos críticos podremos recuperar la verdad, disputar el sentido común y construir una comunicación genuinamente democrática y liberadora.

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