Secretario Ejecutivo de la Unión de Periodistas de Rusia.
Si el 54 % de las personas se informa a través de las redes sociales y las plataformas de video, no estamos simplemente ante un cambio tecnológico. Estamos ante una redistribución del poder. Las plataformas digitales no son plazas públicas neutrales, sino territorios privados cuyas reglas establecen unas pocas corporaciones globales. Sus algoritmos deciden qué se vuelve visible y qué desaparece del espacio público.
El criterio de selección ya no es necesariamente la relevancia social de la información, sino su capacidad para captar la atención y generar ganancias.
La inteligencia artificial refuerza aún más este poder. Un mismo sistema puede crear contenidos, jerarquizarlos, distribuirlos y, al mismo tiempo, estudiar la reacción de millones de personas. Así se forma un círculo cerrado: la corporación no solo le muestra el mundo al individuo, sino que utiliza su comportamiento para construir una versión aún más precisa y persuasiva de ese mundo.
América Latina conoce demasiado bien lo que significa vivir dentro de un relato escrito por otros. Durante décadas, sus procesos políticos, sus conflictos sociales y sus luchas por la independencia fueron interpretados desde centros de poder externos. Hoy, esa antigua dependencia informativa ha adquirido una forma digital: el administrador colonial ha sido sustituido por el algoritmo, pero el derecho a decidir qué es importante y qué resulta creíble sigue encontrándose, con demasiada frecuencia, fuera de la región.
Disputar este sistema no significa sustituir una manipulación por otra ni renunciar a los hechos. Significa defender el derecho de los pueblos a contar su propia historia con su propia voz. Para ello se necesitan medios profesionales, públicos y comunitarios; cooperación regional; soluciones tecnológicas propias; transparencia de los algoritmos y alfabetización mediática.
La conciencia crítica comienza con preguntas sencillas: ¿quién eligió esta noticia para nosotros?, ¿por qué vimos precisamente esta información? y ¿a quién beneficia esta imagen del mundo? Hoy, la soberanía informativa no consiste únicamente en tener derecho a hablar, sino también en tener la posibilidad de ser escuchados. Si América Latina no construye su propia agenda, un código ajeno lo hará en su lugar.