¿Quién produce? ¿Quién organiza y distribuye aquello que una sociedad termina reconociendo como verdadero?
La información hace mucho tiempo dejó de ser solamente información. Es mercancía, instrumento de poder y territorio de disputa. Los grandes medios tradicionales nunca fueron ajenos a los intereses económicos y políticos de sus propietarios. Las plataformas digitales no vinieron a democratizar ese escenario: incorporaron nuevos soportes, nuevos actores, nuevas formas de concentración y, fundamentalmente, algoritmos capaces de decidir qué vemos, qué dejamos de ver y con qué frecuencia una idea se instala frente a nosotros.
La inteligencia artificial profundiza esa transformación. Ya no hablamos solamente de personas produciendo contenidos para otras personas. Sistemas automatizados pueden producirlos, seleccionarlos, reproducirlos y multiplicarlos a una escala nunca antes vista. Y cuando una sociedad recibe de manera permanente aquello que confirma sus propios prejuicios, construir pensamiento crítico se vuelve cada vez más difícil y, al mismo tiempo, más necesario.
No alcanza con tener razón, ni con producir una verdad que luego no consigue circular. Luchamos contra la mentira y las injusticias, y es necesario hacerlo procurando la mayor visibilidad de nuestros propósitos.
El desafío no es rechazar el desarrollo tecnológico, sino comprenderlo, discutirlo y evitar quedar subordinados a sus lógicas. Desde nuestra experiencia organizativa, ese desarrollo debe tener como prioridad al ser humano y no quedar sometido únicamente por los intereses económicos que lo impulsan. Para eso, nuestras organizaciones necesitan recursos conceptuales y materiales, capacidad política, formación, tecnología e infraestructura. La capacitación y la producción de herramientas propias forman parte también de esa disputa.
No se trata de reivindicar nostálgicamente al periodismo. Se trata de disputar la construcción de realidad, romper prejuicios y ampliar nuestra capacidad colectiva para elaborar conclusiones propias.
La potencia actual de los sistemas tecnológicos exige también herramientas para interrogarlos, comprender los intereses que los atraviesan y cuestionar aquello que se presenta como natural o inevitable.
Entonces: mejor pensar antes de que esa acción quede también automatizada.